Hermoso video. Lo descubrí gracias a Valeria Cis, una genial ilustradora rosarina. Recomiendo pasar por su blog: La Casuni

Autor: Drew Daywalt
Ilustraciones: Oliver Jeffers
Editorial: Fondo de Cultura Económica

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¿Cuáles son los colores más usados de una caja de colores? ¿Y esos que jamás se gastan? ¿Hay colores para niños… y para niñas? Ahora imagina, por un momento, que los crayones pudiesen hablar y expresar sus sentimientos: eso es justo lo que le ocurre con El día que los crayones renunciaron, un divertido y original álbum ilustrado que arranca con el pequeño Duncan y un manojo de cartas que sus colores le han dejado en la mochila. Están hartos de que les toque siempre el mismo rol en los dibujos.

La editorial mexicana Fondo de Cultura Económica nos trae el último álbum del australiano Oliver Jeffers, a quien conocemos por títulos como Arriba y abajo o Perdido y encontrado. En este álbum, sin embargo, cuenta con la colaboración del escritor estadounidense Drew Daywalt para el texto, y juntos forman una buena fusión donde es imposible decidirse por ninguno de los dos. El resultado es sobresaliente, y ha sido reconocido en la lista de los Mejores Libros Infantiles de 2013 de Amazon y la de la American Library Association. Tanta mención, junto con el boca a a boca, lo ha empujado hasta el primer puesto de la lista de los más vendidos del New York Times, hay una película en marcha y los autores preparan la segunda parte. ¿Y todo por un puñado de colores? Es más que eso.

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En este curioso álbum “epistolar”, las páginas reproducen las cartas de los crayones, que uno a uno se dirigen a su dueño, el pequeño Duncan, para expresarle su malestar por el uso que hace de ellos. Nunca hasta ahora nos pudimos imaginar que el crayón rojo, por ejemplo, está agotado de pintar tantos Papá Noel, coches de bombero, corazones y un largo etcétera; que el crayón rosa se siente triste porque los niños lo toman por un color para niñas, cuando a él se le ocurrirían un montón de cosas interesantes que pintar; el crayón negro no soporta dibujar sólo los contornos, ¡como si él no fuese capaz de pintar un relleno!; y los crayones amarillo y naranja tienen una vieja disputa sobre qué color prefiere Duncan para pintar el sol, porque los dos están convencidos de ser el más idóneo; el resto de crayones de la caja de colores completan las otras cartas, cada cuál más reivindicativa y original.

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El texto de Daywalt rebosa creatividad y humor para el público infantil, que se puede sentir perfectamente identificado con el dueño de los crayones y reír con las ocurrencias de los personajes; pero sorprende también la capacidad para conectar y divertir al público adulto, con un humor más inteligente y maduro: un mismo chiste puede hacer reír a dos públicos distintos y por un motivo diferente. Que nadie se extrañe si pilla a un mayor leyendo el álbum a escondidas con una sonrisa en los labios.

El día que los crayones renunciaron combina los textos manuscritos de los crayones, llenos de personalidad, junto con los retratos de sus “dueños” y dibujos, que ofrecen una segunda lectura al texto y lo complementan. Jeffers también combina fotografía, un recurso que le da muy buen resultado. Tampoco podemos dejar de mencionar la traducción de Silvia Figueroa, quien ha sabido trasladar a nuestro idioma la espontaneidad y el humor del texto. El hecho de que este esté escrito a mano, al igual que en la versión original, no hace sino fusionar el trabajo de los dos autores hasta convertirlo en uno solo y sumergirnos más en la ficción.

Pero, además de todo lo mencionado, el libro es una invitación a la creatividad y a salirse de lo convencional, o lo que es lo mismo: pintar por fuera de la línea; en la imaginación no hay sitio para los contornos.

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por: Pablo C Reyna para revista Babar

“The best ideas come unexpectedly from a conversation or a common activity like watering the garden. These can get lost or slip away if not acted on when they occur.”

Ruth Asawa

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La artista norteamericana Ruth Asawa abandonó este mundo el 5 agosto 2013. Sus esculturas de alambres realizadas con ganchillo, de formas orgánicas que parecen flotar en el aire o ser parte de un microscópico fondo marino poseen un sello inigualable.

Ruth fue una heroína por completo: vivió el encierro en un campo de trabajo para inmigrantes, estudió para ser maestra pero fue imposibilitada para ejercer, fue discípula del artista Josef Albers, viajó a México y aprendió cestería,  fue madre de 6 hijos sin que la vida familiar afectara su trabajo, cumplió el sueño de ser educadora, fue tratada por el mundo del arte como “artesana” y padeció la enfermedad de lupus.

A continuación podrán leer con más detalle parte de su biografía.

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Ruth Asawa nació en Estados Unidos dentro de una familia japonesa en el año 1926, y desde pequeña su gran entretención fue dibujar. En 1942 durante la Segunda Guerra Mundial, la familia Asawa fue obligada por el gobierno norteamericano para internarse en “campos de trabajo” para inmigrantes japoneses. Ruth continúa con su interés por el dibujo y dedica el tiempo libre a estudiar pintura con artistas profesionales que también estaban internados.

Luego de graduarse de la escuela del campamento y estudiar para ser profesora de arte, dedicarse al servicio doméstico, trabajar en una fábrica de curtidos, Ruth viaja a Ciudad de México a estudiar arte y español. A pesar de todo el esfuerzo que hizo para ejercer como maestra, se encontraba imposibilitada debido a su nacionalidad japonesa. En un segundo viaje a México aprende cestería y comienza a experimentar el tejido de alambres.

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En 1947 conoce a su futuro marido, un estudiante de arquitectura y diseño llamado Albert Lanier. Al cumplir 22 años y contra los deseos de ambas familias, Ruth y Albert contraen matrimonio y se trasladan a San Francisco, una ciudad que ellos consideran más acogedora para una pareja interracial y que a la vez contaba con una vibrante comunidad artística. Su primera casa fue un altillo encima de un almacén de cebollas.

La familia crece y, compatibilizando la llegada de 6 hijos, Ruth no deja atrás la pintura, experimentaciones en papel y esculturas de alambres realizados con ganchillo. Aunque la tarea no fue fácil, logra la armonía suficiente para seguir adelante y comienza a recibir reconocimiento por su trabajo como escultora. Rápidamente aparecen oportunidades para exponer su trabajo en museos y centros de arte, y posteriormente llegan los encargos para realizar arte público. La mayoría de las comisiones fueron fabricadas en metal, lo que le permite emplear ayudantes y colaborar con otros artistas, trabajadores de metal y fundiciones. En algunas de sus obras incluye piedras retiradas de los ex campos de trabajo de japoneses.

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Otra parte de la vida de Ruth fue la educación pública. En 1968, con apoyo financiero co-funda el Alvarado Arts Workshop, un taller en el que ella y otros artistas enseñan a los niños a trabajar con elementos de reciclaje. La filosofía de enseñanza fue basada en su experiencia personal: los niños se desarrollan como pensadores creativos y capaces de resolver problemas mediante la práctica del arte y la jardinería.

Al igual que su maestro Josef Albers, tenía la convicción que el trabajo en huertas y jardines ayudaba a los niños en su desarrollo. En 1982 participó en la fundación de una escuela de arte para niños SOTA, en el centro de San Francisco que luego de su muerte lleva el nombre de “Ruth Asawa San Francisco School of the Arts”.

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En 1985 Asawa es diagnosticada con lupus y poco a poco su energía se va debilitando y con el paso del tiempo va dejando atrás sus actividades. Fallece a los 87 años en su hogar en San Francisco, habiendo cumplido a lo largo de su vida la mayoría de sus sueños.

“El arte es para todo el mundo. No debería ser algo que para ver y disfrutar se deba acudir a los museos. Cuando trabajo en grandes proyectos, me gusta incluir a las personas que aún no han desarrollado su lado creativo. Mi anhelo es ayudar a que su creatividad salga fuera. Me gusta el diseño de proyectos en que la gente se sienta segura y  no tenga miedo a involucrarse

La artista norteamericana Ruth Asawa abandonó este mundo pocos días atrás, el 5 agosto 2013. Sus esculturas de alambres realizadas con ganchillo, de formas orgánicas que parecen flotar en el aire o ser parte de un microscópico fondo marino poseen un sello inigualable.

Ruth fue una heroína por completo: vivió el encierro en un campo de trabajo para inmigrantes, estudió para ser maestra pero fue imposibilitada para ejercer, fue discípula del artista Josef Albers, viajó a México y aprendió cestería,  fue madre de 6 hijos sin que la vida familiar afectara su trabajo, cumplió el sueño de ser educadora, fue tratada por el mundo del arte como “artesana” y padeció la enfermedad de lupus.

A continuación podrán leer con más detalle parte de su biografía.

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Ruth Asawa nació en Estados Unidos dentro de una familia japonesa en el año 1926, y desde pequeña su gran entretención fue dibujar. En 1942 durante la Segunda Guerra Mundial, la familia Asawa fue obligada por el gobierno norteamericano para internarse en “campos de trabajo” para inmigrantes japoneses. Ruth continúa con su interés por el dibujo y dedica el tiempo libre a estudiar pintura con artistas profesionales que también estaban internados.

Luego de graduarse de la escuela del campamento y estudiar para ser profesora de arte, dedicarse al servicio doméstico, trabajar en una fábrica de curtidos, Ruth viaja a Ciudad de México a estudiar arte y español. A pesar de todo el esfuerzo que hizo para ejercer como maestra, se encontraba imposibilitada debido a su nacionalidad japonesa. En un segundo viaje a México aprende cestería y comienza a experimentar el tejido de alambres.

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“Cuando usted pone una semilla en la tierra, no para de crecer después de ocho horas. Se sigue subiendo cada minuto que está en la tierra. Nosotros, también, tenemos la necesidad de seguir creciendo cada momento de cada día que estamos en esta tierra “.

Ruth Asawa

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En 1947 conoce a su futuro marido, un estudiante de arquitectura y diseño llamado Albert Lanier. Al cumplir 22 años y contra los deseos de ambas familias, Ruth y Albert contraen matrimonio y se trasladan a San Francisco, una ciudad que ellos consideran más acogedora para una pareja interracial y que a la vez contaba con una vibrante comunidad artística. Su primera casa fue un altillo encima de un almacén de cebollas.

La familia crece y, compatibilizando la llegada de 6 hijos, Ruth no deja atrás la pintura, experimentaciones en papel y esculturas de alambres realizados con ganchillo. Aunque la tarea no fue fácil, logra la armonía suficiente para seguir adelante y comienza a recibir reconocimiento por su trabajo como escultora. Rápidamente aparecen oportunidades para exponer su trabajo en museos y centros de arte, y posteriormente llegan los encargos para realizar arte público. La mayoría de las comisiones fueron fabricadas en metal, lo que le permite emplear ayudantes y colaborar con otros artistas, trabajadores de metal y fundiciones. En algunas de sus obras incluye piedras retiradas de los ex campos de trabajo de japoneses.

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Otra parte de la vida de Ruth fue la educación pública. En 1968, con apoyo financiero co-funda el Alvarado Arts Workshop, un taller en el que ella y otros artistas enseñan a los niños a trabajar con elementos de reciclaje. La filosofía de enseñanza fue basada en su experiencia personal: los niños se desarrollan como pensadores creativos y capaces de resolver problemas mediante la práctica del arte y la jardinería.

Al igual que su maestro Josef Albers, tenía la convicción que el trabajo en huertas y jardines ayudaba a los niños en su desarrollo. En 1982 participó en la fundación de una escuela de arte para niños SOTA, en el centro de San Francisco que luego de su muerte lleva el nombre de “Ruth Asawa San Francisco School of the Arts”.

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En 1985 Asawa es diagnosticada con lupus y poco a poco su energía se va debilitando y con el paso del tiempo va dejando atrás sus actividades. Fallece a los 87 años en su hogar en San Francisco, habiendo cumplido a lo largo de su vida la mayoría de sus sueños.

“El arte es para todo el mundo. No debería ser algo que para ver y disfrutar se deba acudir a los museos. Cuando trabajo en grandes proyectos, me gusta incluir a las personas que aún no han desarrollado su lado creativo. Mi anhelo es ayudar a que su creatividad salga fuera. Me gusta el diseño de proyectos en que la gente se sienta segura y  no tenga miedo a involucrarse”.

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Textos publicado por: Pupa

Autor: Preston Rutt

ilustración: Ben Redlich

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Las competencias deportivas son una práctica común en las sociedades a lo largo del tiempo. El esfuerzo y la suerte, la honra y la trampa, la gloria y la nada, recaen sobre rivales disputándose un premio. Seres llevando sus cuerpos al límite, con sus mentes eligiendo las mejores estrategias para llegar a la tan ansiada victoria. Y ha sido la literatura quien ha sabido resguardar del olvido las grandes hazañas deportivas, aunque no siempre humanas.

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La tortuga y la liebre es una de las contiendas más famosas de la fábula clásica. ¿Quién no recuerda la soberbia confiada de la liebre, y el paso sereno, seguro y finalmente victorioso de la tortuga? Pero el deporte siempre ofrece un desquite.

La Tortuga vs. la Liebre: La revancha!, escrito por Preston Rutt e ilustrado por Ben Redlich, es una versión, a manera de continuación, de la célebre fábula atribuida a Esopo. Con una manera de narrar ágil y divertida, llena de características propias del relato deportivo, la historia va palpitando a medida que se acerca el día de la carrera, llevando al lector en andas de la emoción que cada vez es más intensa.

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A través de histriónicas ilustraciones se nos abren las puertas del bosque. Todos los animales están impacientes y expectantes. Harry, la liebre relámpago, ha decidido recuperar su título de campeón desafiando nuevamente a Eddie, la tortuga tenaz, en otra espectacular carrera. ¿Quién ganará esta vez? Preparados… En sus marcas… ¡A leer!

Por Marcelo Guerrero para el blog: “Qué hacemos ma?”

Autora: Uxue Alberdi

Ilustradora: Aitziber Akerreta

Editorial: Kalandraka

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“Me inspiró un amigo al contarme una anécdota que le sucedió con su hija: la niña construyó una casa debajo de la mesa del salón y le pidió a su padre que entrase a jugar con ella. Mi amigo mide más de 1’90, así que le contestó que lo sentía mucho, pero que no cabía. La niña le respondió con total naturalidad: Tranquilo papá, ya cabrás cuando seas pequeño“.

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De una situación tan sorprendente y divertida surge la chispa creativa que ha motivado la publicación de “Cuando os hagáis pequeños”, un texto de Uxue Alberdi ilustrado por Aitziber Akerreta. En vez de contar cómo será el mundo que se encuentren los niños y niñas cuando se hagan mayores, este relato invierte el papel de los narradores y sus destinatarios. Un álbum que también se dirige a los adultos y cuenta, desde la perspectiva infantil, qué mundo se encontrarían los mayores en el hipotético caso de que se alterase el ritmo vital.

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Mientras los mayores viven obsesionados con trabajar y ocupan su tiempo haciendo planes de futuro, plegándose al cumplimiento de tantas convenciones sociales, o discutiendo entre sí, los niños prefieren recoger moras, saltar en los charcos, jugar a ser personajes fantásticos o escuchar las historias de los abuelos. Así de abismal es la distancia entre ambos mundos y así lo han reflejado las autoras, describiendo actitudes y comportamientos antagónicos.

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“Se me ocurrieron varios contrastes entre estos mundo que parecen irreconciliables y me di cuenta de que en la mayoría de los casos la imposibilidad de empequeñecer se debe a la idea que tenemos de lo que es ser adulto“, explica la periodista, escritora, traductora y bertsolari Uxue Alberdi (Elgoibar, Gipuzkoa, 1984).

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“En el caso de mi amigo y su hija, la dificultad era física; pero en la mayoría de las ocasiones somos nosotros mismos, los adultos, quienes nos privamos de los placeres propios de la infancia: se nos olvida que también nosotros podemos recoger moras, crear mundos imaginarios, experimentar, jugar, mojarnos, ensuciarnos, tocarnos, desnudarnos…”. La autora pretende “hacer reflexionar a los adultos sobre la idea misma de ser adultos, que no tiene porque ser una realidad gris, seria, responsable hasta el aburrimiento”. La maternidad ha ayudado a Uxue a “recuperar muchos de esos placeres” y a reflexionar sobre la idea de que “los adultos creemos que somos nosotros quienes le explicamos la realidad a los niños, pero me pregunto hasta qué punto la cuestión es a la inversa: los niños no paran de contarnos el cuento de sus vidas… ¡y de las nuestras!”.

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“Recuerdo cuando de pequeñas íbamos a pasar el día al campo y veía a los mayores todo el rato sentados, jugando a las cartas y preparando cosas para comer sin parar, mientras que los niños íbamos de un lado a otro, caminábamos kilómetros para ir a coger renacuajos, meterlos en botes y después volverlos a soltar. O cuando nos escapábamos -bajo la total prohibición de nuestros padres- para correr y escondernos en los trigales. Después de comer esperábamos con impaciencia a oír la bocina del heladero, para ir deprisa y que no se escapase. Luego íbamos al riachuelo y metíamos los pies en el agua helada. Cuando empezaba a llover, volvíamos corriendo desde dónde estuviéramos, riéndonos bajo la lluvia, disfrutando por empaparnos. Al llegar a dónde estaban los padres, su única preocupación era regañarnos por el catarro que íbamos a coger o decirnos que no nos fuéramos tan lejos. Todas estas situaciones creaban entre nosotros una complicidad y una sensación de libertad. Y además son emociones y recuerdos que aún perduran ahora que somos adultos. Nuestros padres, no llegaron a conocer ninguno de estos lugares”.

Entrevista completa: Blog Kalandraka

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Autora: Emily Hughes

Ilustración: Emily Hughes

Editorial: Libros del Zorro Rojo

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Salvaje es el brillante debut de la autora hawaiana Emily Hughes. Con frescura y desparpajo nos cuenta la historia de una niña que vive feliz en la naturaleza, donde los osos le han enseñado a comer, los pájaros a hablar y los zorros a jugar.

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Les traigo las palabras de Josep Oliver (Papel en blanco) que tan bien describen este hermoso libro:

El tema del niño salvaje, abandonado a su suerte en plena naturaleza y criado por animales, es muy común en la literatura: aparece de forma temprana en la epopeya de Gilgamesh o en el mito fundacional de Roma, con los hermanos Rómulo y Remo, criados por una loba. Dando un salto en el tiempo, nos encontramos en el siglo XIX, aplicando ya los criterios ilustrados de la idea del “buen salvaje de la época”, a Rudyard Kipling con su Mowgli en ‘El libro de la selva’ (1894), o más adelante, el Tarzán de Edgar Rice Burroughs (1912).

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‘Salvaje‘ parte de esta premisa. Un bebé es recogido en el bosque por los animales. Su origen es incierto, pero también innecesario. El bosque entero la acepta como una más, sin hacer gala de juicios previos. Cada animal le enseña alguna cosa a la niña. “Ella lo comprendía y era feliz”, nos dice el cuento. Pero un día aparecen en el bosque otros “animales”, son los seres humanos que, obedeciendo su lógica (que no la de la niña) se la llevan a la civilización para educarla. Un psicólogo la acoge y se compromete a (re)educarla, pero todos los intentos son en vano. Para la niña, esos seres hablan mal, comen mal, juegan mal, ¡todo lo hacen mal! El desencuentro es total, y bajo esa incomprensión no hay solución posible. Contrariamente a lo que podría parecer un final feliz, la niña vuelve al bosque, donde será feliz con sus amigos animales… “porque no se puede domar algo tan felizmente salvaje“.

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El arte de Emily Hughes es deslumbrante. Resulta increíble que éste sea el primer trabajo de esta joven artista, porque con un puñado de ilustraciones, con cierto sabor retro y un exquisito gusto por el detalle, se gana al lector en un par de páginas. Sin duda, lo mejorcito del libro. Uno acaba enamorándose de esa pequeña salvajina que no puede ser domada.‘Salvaje’ es un libro fantástico, que me ha entusiasmado y que lo recomiendo vivamente.

Más información | Ficha en Libros del Zorro Rojo

Kocorocó es un programa musical de 6 capítulos. Cada uno de ellos es un videoclip musical de una cueca que fue compuesta para el proyecto por los músicos Dangelo Guerra y Julián Herreros e ilustrada por un destacado ilustrador chileno. En este caso, Paloma Valdivia. Pájaro creo el proyecto, lo dirigió, animó y post produjo. Financiado por el Fondo de cultura y de las Artes.